jueves, 16 de febrero de 2017

EL INVOLUCRAMIENTO FAMILIAR EN LA PERSPECTIVA DE MEJORAR LOS PROCESOS CONVIVENCIALES EN LA ESCUELA

EL INVOLUCRAMIENTO FAMILIAR EN LA PERSPECTIVA DE MEJORAR LOS PROCESOS CONVIVENCIALES EN LA ESCUELA

María Deisy Sandoval Gaitán[1]



[1] Orientadora Escolar Colegio República de Colombia I.E.
Licenciada en Psicología y Pedagogía – UPN
Maestrante en Gerencia y Gestión Educativa – Universidad Libre
Miembro Red Distrital de Docentes Orientadores Investigadores – OrientaReddi
Línea Familia, escuela y sociedad


“La familia constituye un componente clave en el desarrollo de las personas
ya que es uno de los primeros elementos de socialización”
HERNÁNDEZ, Prados, M.A. (2004) (Maccoby, 1992).
Resumen

            Este escrito es el resultado de una reflexión surgida de las muchas iniciativas impulsadas en la escuela, debido a esa necesidad urgente de sentirnos escuchados, pero sobre todo, respaldados por los padres y madres de nuestros estudiantes, iniciando con una contextualización de los actuales ambientes sociales y familiares de los que hacen parte nuestros niños, niñas y adolescentes, invitando finalmente, a la construcción de un capital social para el aprovechamiento de diversas iniciativas que se pueden realizar desde los departamentos de orientación, gracias a las naturalezas de nuestros cargos.

Palabras Clave
           
Orientación Escolar, orientación familiar, comunidad, sociedad, práctica pedagógica, escuela de padres, conviviencia

Abstract

This writing is the result of a reflection arising from the many initiatives promoted in the school, due to this urgent need to feel heard, but above all, supported by the parents of our students, starting with a contextualization of the current social environments And family members of our children and adolescents, inviting finally to build a social capital for the use of various initiatives that can be carried out from the counseling departments, due to the nature of our positions.

Introducción

     Durante los últimos tiempos han sido innumerables las propuestas, proyectos e investigaciones que se han realizado en torno a la educación, sus procesos y sus actores, de los cuales se han esperado respuestas a los múltiples cambios familiares, sociales, culturales y tecnológicos que durante décadas  han revolucionado las sociedades y en ellas, a sus ciudadanos.

     Si bien es cierto, hoy día se hace imprescindible reafirmar la función formativa de la escuela, existen dificultades de diferente índole que no permiten hacer de ello una realidad, pues la escuela no es el único espacio de aprendizaje que tienen los estudiantes, ni sus docentes los únicos agentes responsables de ella, en tanto la familia, sus formas de conformación, relación y el tejido afectivo construido en sus propias realidades, sumado a los medios de comunicación y la nueva ola de redes sociales, representan una significativa influencia  en la formación de las nuevas generaciones.

     De otra parte,  la familia como célula de la sociedad humana tiene una función insustituible en la educación de los hijos, a los cuales deberá proporcionarles un ambiente adecuado para su desarrollo integral (Ley General de Educación, 1994), sin embargo,  se observa a ésta, un tanto a la deriva en lo que se refiere a la educación de los hijos. Por consiguiente, si se logra dinamizar procesos formativos en la familia para su adecuado funcionamiento estaremos dando los primeros pasos hacia una positiva transformación del medio social

      Es así como de alguna manera se ha considerado que la escuela y en ella la educación, que se ofrece como servicio, es la canalizadora, cuya función principal se enfoca en el desarrollo continuo de los niños, niñas y jóvenes y por ende de la sociedad.

     En este orden de ideas, las funciones, las labores de docentes, coordinadores y orientadores, se transfiguran de tal manera,  en la que son estos quienes se hacen responsables de la educación de sus estudiantes,  no solo dentro de la escuela, sino también fuera de ella, sustituyendo con ello la labor formativa que se supone está a cargo de los padres, adultos familiares y/o cuidadores de los menores, situación que a su vez significa que los maestros asumen una responsabilidad formativa  de sus estudiantes en un gran porcentaje; quedando supeditados a los cambios y movimientos que realice la familia y la comunidad en la cual están inmersos, tanto ellos, como la escuela misma.
           
     Ante estas nuevas formas de socialización y el poder adquirido por ellas en los procesos de educación y crianza de los niños, niñas y jóvenes, la acción educativa se ve obligada a replantear su papel pedagógico, otorgando otros significados al ejercicio de la práctica educativa e incorporando didácticas denotadas a la acción, de tal manera que sean concordantes a estos modos y formas de aprender y de enseñar. Para ello, el involucramiento, colaboración y participación activa de la familia, se torna no solamente necesaria, sino imprescindible. De allí la pregunta y desafío que encaramos todos los que de una u otra forma hacemos parte de esa gran responsabilidad educativa, ¿cómo acercar la familia a la escuela y la escuela a la familia, rompiendo los muros que dividen esa tan similar pero diferente responsabilidad formativa?

     Antes de dar respuesta a la pregunta, es así  mismo importante, aprovechar estos espacios,  para el encuentro, la socialización de experiencias y todo aquello que posibilite otras comprensiones y miradas del mundo que surge del compartir tanto de saberes  como de aprendizajes,  reflexionar los haceres propios de la orientación, teniendo en cuenta, que en el contexto de los cambios actuales, no es sólo en el currículum donde hay que centrar los esfuerzos de reforma, en la ampliación de cobertura o en las prácticas pedagógicas, acciones impulsadas y desarrolladas para cumplir con requisitos y parámetros internacionales de calidad, sino que hay que actuar con la familia, así como con  la comunidad circundante a los entornos escolares, derribando los muros que nos separan, para  atender las necesidades de mejoramiento de la calidad de vida de nuestros niños latinoamericanos, de tal forma, que se logre desarrollar en ellos no solo habilidades comunicativas, académicas y científicas para el trabajo, sino también, habilidades necesarias para la vida, como el ejercicio y la construcción de una ciudadanía plena en el marco de una nueva sociedad multidiversa, pluricultural, hispanoamericana, que no tiene fronteras y que les brinda la posibilidad de ser felices.

     En otras palabras, para lograr una educación no solo de calidad, sino que a la vez impacte las nuevas formas de relación de los sujetos, la construcción de valores y fortalezas afectivas,  es fundamental que desde los departamentos de Orientación y en sus prácticas reales se impulsen acciones encaminadas en fortalecer el rol y la participación activa de los padres y madres de familia en los procesos de formación de sus hijos; no obstante, los contextos familiares desestructurados y las diferencias culturales, económicas y sociales que hacen parte de sus realidades.

     Todo este este amplio panorama supone en primera instancia, y en el marco de los diversos estudios e iniciativas que a nivel global existen, la necesidad de establecer iniciativas que permitan incrementar el capital familiar que hace parte de las instituciones educativas, buscando poner en conexión la familia y la escuela de la mano a las nuevas oportunidades que ofrece la sociedad de la información, junto con los escenarios y campos de acción institucional,  local, municipal y departamental convirtiendo con ello las amenazas en oportunidades  para la organización, funcionamiento y fortalecimiento de la escuela y la familia,  en sus responsabilidades diferenciadas de enseñar y educar


     Como advierte  el educador y pedagogo Argentino Juan Carlos Tedesco (1995), se precisa un “nuevo pacto educativo, entre todos los sectores que se comprometen con el logro de metas...”, para que en el pequeño, mediano y  largo plazo se articulen las  acciones  educativas  escolares con las acciones de otros agentes formadores que impacten las aulas y los escenarios familiares, es decir, se trata de realizar gestiones conjuntas en, con y para la comunidad en la que crecemos, vivimos, nos formamos y trabajamos, pues sólo a través de la reconstrucción de la escuela y la familia, se pueden reconstruir las comunidades y con ellas a la sociedad misma.
           
     Como es notable, ante esta difícil coyuntura,  la acción y participación de las y los orientadores (en representación de la escuela), así como de madres y padres de familia, debe empezar a ser más activa de tal suerte que todos puedan jugar un papel importante en este proceso de mejorar la organización y funcionamiento del sistema educativo, es preciso conectar la vida escolar y en ella sus acciones, con la vida y las acciones que suceden fuera de las instituciones educativas, en especial aquella vida y aquellas acciones que se tejen al interior de la familia, es decir, la ruptura que existe entre la escuela y la familia solo se supera a  través de la acción comunitaria que estas dos, en conjunto y de manera individual realicen.  

     Para alcanzar esto, no se trata de evidenciar culpas o señalar culpabilidades,  sino de un reto aún más ambicioso… de asumir, ejercer y aprender de esas responsabilidades que como diría Bourdieu, (1991)  “están inscritas en las estructuras, en mecanismos muy complicados que sobrepasan las capacidades de los agentes…” (los que conforman la escuela y la familia)... “Lo que no significa que los agentes no puedan hacer algo, tomando conciencia de ello, pueden contrariar los mecanismos, pueden evitar servirlos por inconsciencia, incluso, si se organizan colectivamente, pueden llegar a alterar profundamente su eficacia, conocer este mecanismo y frenarlo”.

     Por tanto, asumir la tarea educativa de manera aislada y sin esos vínculos articulatorios que deben existir entre familia, escuela y medios de comunicación, es una cadena irreparable de desaciertos, vacíos y desesperanza, se hace necesario empezar por actuar paralelamente, de tal manera que estas responsabilidades no asumidas, no recaigan en unos y otros, sino que existan corresponsabilidades a cada una de ellas con la intervención directa de los padres y madres junto a la participación activa de la escuela.

     Sin lugar a dudas eso se traduce en mejorar la organización y el funcionamiento del sistema social y el sistema educativo, otorgando ese nivel privilegiado al ámbito afectivo de la familia como primer y principal agente de socialización del individuo, lugar para aprender los criterios, actitudes, valores, la constancia en las normas, autocontrol, equilibrio emocional, sentido de la responsabilidad, motivación por el trabajo y el esfuerzo personal, desarrollo emocional y creciente autonomía.

     Es justamente en esta intersección entre escuela y familia donde la labor mediadora, así como la presencia de los orientadores y las orientadoras cobra la importancia y el valor necesarios que permitan conectar las estructuras divididas, montadas y contrariadas sobre las ruinas afectivas de esta nueva sociedad que en palabras de Zygmunt Bauman se ha convertido en realidad: una  “sociedad líquida”, con una modernidad líquida, una educación líquida y una humanidad consumista afectada por el síndrome de la impaciencia y la acumulación de placeres momentáneos, realidades que han hecho de la familia y la escuela un producto y no un proceso”.

     Todo este discurso y  ejercicio académico aporta una base conceptual establecida en y para la relación escuela, familia, comunidad en la perspectiva transformadora de sociedad, lugar preponderante para establecer nuevos ejercicios ciudadanos que resignifiquen la labor y los conocimientos cimentados en el estudio académico,  pero sobre todo en la práctica realizada  por todos y cada uno de los profesionales que desde las diversas disciplinas atendemos estos cambios estructurales.

    Mejorar la sociedad en la vida de nuestros estudiantes, como lo revela Antonio Bolivar, de la Universidad de Granada, parte del ejercicio comunitario que le apuesta a “construir capital social mediante redes y relaciones basadas en compromisos consensuados a través de prácticas de inclusión familiar en la vida de las instituciones educativas aprovechando programas educativos comunitarios” que buscan conectar el mundo de las familias con el mundo de las escuelas.
   Finalmente, La respuesta a la pregunta inicial, se encuentra entonces en nuestras Escuelas de Padres, ya que estos espacios son aún territorios inexplorados que considero, debemos aprovechar y potenciar en esta necesidad apremiante de mejorar los diversos diálogos que permitan encontrarnos en un territorio común con las familias.
     “Las Escuelas de Padres han intentado subsanar esta carencia, aunque con frecuencia han perecido en el intento debido a factores como: el imaginario educativo que las sustenta, la falta de compromiso de la comunidad educativa, el desinterés de los usuarios, la obligatoriedad impuesta por las instituciones con el ánimo de mantenerlas funcionando, el desconocimiento de la necesidad y trascendencia que tiene el aprender a ser padre o madre en el mejoramiento de la calidad de las relaciones intrafamiliares”. (Jaimes, 1998).
    Por consiguiente, la escuela necesita de los padres y madres de nuestros estudiantes pues cualquier acción formativa que desde esta se quiera impulsar, ya sea para mejorar la convivencia escolar, bajar los índices de repitencia, disminuir el riesgo de consumo de sustancias psicoactivas o aminorar los múltiples riesgos biopsicosociales a los que están expuestos los niños, niñas y adolescentes fracasa si de estos se excluye a la familia. Lo cual se encuentra  ligado en que  “Los padres constituyen la principal referencia para la socialización de los hijos, mediante la transmisión de creencias, valores y actitudes, que incidirán en su desarrollo personal y social” (Hernández, 2007).
    Así mismo, las familias necesitan del apoyo que desde diversos aspectos brinda la escuela a sus hijos. “Si trabajamos en colaboración con la familia… el trabajo realizado en la escuela para mejorar la convivencia y la relación entre los escolares, verá sus posibilidades de éxito multiplicadas, pues el alumno percibirá coherencia entre el clima escolar y el familiar”. (Hernández, 2004). Esta posible y recíproca relación necesita de la orientación escolar, pero también, de la orientación familiar, por ese saber constituido en el ejercicio profesional de la labor que realizamos, si no logramos a través de este saber y de este espacio construir redes de participación que comiencen a encauzar de una mejor manera la caótica realidad que nos abruma, entonces las posibilidades que como comunidad y como humanidad poseemos de acción colectiva para generar los cambios apremiantes que requiere nuestra sociedad son escasas.

BIBLIOGRAFÍA

JAIMES, Gloria. “Influencia de las relaciones de autoridad en la Interacción Comunicativa Padres y/o madres e hijas adolescentes” Instituto Central de Ciencias Pedagógicas de Cuba, 1998, tesis presentada para optar el título de Máster en Ciencias Pedagógicas con especialidad en Investigación Educativa.
HERNÁNDEZ, Prados, M.A. (2004) “Los conflictos escolares desde la perspectiva familiar. Tesis Doctoral. Universidad de Murcia
HERNÁNDEZ, Prados, M.A. (2005) “El papel de las relaciones paterno-filiares en la conflictividad escolar. En Salvador. Nuevos desafíos de la educación. Tomo 1. Alicante. Editorial Club Universitarioa (ECU).
HERNÁNDEZ, Prados, M.A. (2007) “La convivencia en la familia y en la escula. Puntos de Encuentro. Actas del II Encuentro Internacional de Educación en valores: Conocimiento, educación y valores.



WEBGRAFÍA:





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